¿Se acuerdan de mi aventura con el maní en el colectivo de la línea 112? Si no es así, lean
aquí. Si se acuerdan, pueden seguir.
Esta noche volvía del mismo club hacia mi casa, a la misma hora y en la misma línea de colectivo que las dos veces pasadas, y a mitad del camino sentí olor a maní. Enseguida oí también el ruido de una bolsa y de cáscaras de maní. Por supuesto, pensé, es la misma mujer que vi dos veces antes, pero que ninguna de las dos veces pude probar que estaba comiendo maní, ni aún con las cáscaras en el piso del colectivo. Es decir, ninguna de las dos veces pude agarrarla con las manos en la masa, o mejor dicho, en los maníes.
Como los ruidos venían de atrás pensé que cuando me bajara me fijaría en la mujer, y la podría sorprender comiendo maní. Era un plan perfecto.
Cuando me tuve que bajar me dirigí a la puerta trasera y me di vuelta para sorprender a la mujer; pero la sorprendida fui yo. Detrás de mí sólo había tres asientos con tres mujeres jóvenes, una en cada asiento, la primera hablaba por celular, habló todo el viaje por celular, la segunda me miró y la tercera miraba por la ventanilla. No pude creer lo que veían mis ojos, mejor dicho, lo que no veían. Yo esperaba ver a la mujer de los maníes, pero no vi ninguna mujer mayor, ni maníes, ni bolsita, ni cáscaras, ni nada.
Empiezo a creer que el olor a maníes y los sonidos de rotura de cáscara en el 112 a las 21.30 están hechos para inquietar mi viaje.

En la foto, el 112, por dentro, sin maníes.